Anoche al dormir abrazado me di cuenta
que tenía las manos más tiernas del planeta,
pero sin embargo están no bastaban para acariciarme,
pues para esto no fueron hechas,
sino para estrecharte cada vez que a ellas regresas.
Cual gran paradoja. el que nunca encuentra consuelo
suele tenerlo al final del brazo;
habrá alguna vez intentado el pintor acariciarse
con ambas manos, que le sirven para llegar
al infinito en sus cuadros,
y para el poeta que tanto sufre,
triste, sin un amor sensato,
tiene ahí sus manos para de noches
sentirse acurrucado.
encontré hace poco esto escrito
en una croquera vieja de un yo
de otros tiempos.
domingo, 30 de marzo de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario